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Chile está de moda, qué duda cabe. Durante este año hemos visto como referentes mundiales en turismo nos han premiado con reconocimientos y publicaciones que nos destacan por sobre potencias turísticas que por años han sido nuestros modelos a seguir.

De repente el hecho de estar aislados del resto del mundo con el desierto más seco del planeta en el norte, un océano infinito por el oeste, enormes montañas por el este y Patagonia agreste por el sur, se transformó en un atributo sumamente valorado por un viajero que ha evolucionado hacia la búsqueda de experiencias reales y lugares en su máximo estado de conservación, mientras el resto del mundo se sigue sobrepoblando y contaminando. Nuestra capital, menospreciada durante años por ser una ciudad aburrida y carente de una oferta turística interesante, se ha reinventado y posicionado como una ciudad moderna, sorpresiva y segura. Las conexiones y oferta aérea desde distintos puntos del globo se ha incrementado considerablemente, y recientes estudios nos evalúan como huéspedes abiertos y amigables, a pesar de lo críticos y escépticos que somos de nosotros mismos. Mientras esto sucedía, el precio del cobre se desplomó, los índices de visitantes se dispararon, y finalmente ocurrió lo que hace años muchos esperábamos: el turismo comenzó a ser tomado en serio.

Chile está hoy parado frente a una oportunidad única que probablemente no se vuelva a repetir: posicionarse de una vez y para siempre como un destino donde las personas se conectan con la naturaleza, las comunidades, y consigo mismas. Algo así como una fábrica de experiencias y recuerdos únicos e irrepetibles que cambian y mejoran para siempre la vida de las personas y el entorno donde se mueven.

Pero ¿que se necesita realmente para transformarse en un país turístico? Primero que todo, y al igual que en el futbol, un cambio de mentalidad. Creernos el cuento de que podemos ser campeones y trabajar duramente para lograrlo.

Necesitamos trabajar fuertemente en perfeccionar nuestro capital humano con foco en el desarrollo de una cultura de servicio y excelencia que nos ponga al nivel de los mejores. Al visitar hoteles, restaurantes y otros productos turísticos a lo largo de todo Chile, se puede ver claramente que con su actitud positiva, espíritu de servicio y profesionalismo, son los inmigrantes quienes están levantando los estándares y ya están capitalizando las oportunidades. Si universidades, institutos, gobierno y privados no nos ponemos las pilas y trabajamos coordinadamente, definitivamente quedaremos fuera de esta revolución turística que recién comienza.

Durante la última década hemos presenciado cambios acelerados en la tecnología y en la forma como esta ha ido inundando nuestras vidas. En todas las industrias se habla de transformación digital, y en la nuestra, una de las mas digitalizadas del mundo, sigue habiendo resistencia frente a una nueva realidad que habla por si sola. Hoy 5 de cada 10 reservas que recibimos se hacen via canales online y recientes estudios de Expedia Inc. en la región indican que para el 2020 las transacciones online en Latam se habrán cuadriplicado. La transformación digital es ante todo un cambio cultural que se impregna en las personas, y un mecanismo eficiente para llevar adelante este complejo proceso, es atrayendo y reteniendo talento desde industrias como el retail o la banca, que en cierta forma tienen un “monopolio del conocimiento” en los ámbitos de la estrategia y el negocio digital. Desde los gremios, y gracias al financiamiento público, seguimos haciendo el trabajo de educar, apoyar y evangelizar a que cada vez más actores turísticos comprendan los beneficios de “digitalizarse” y adopten una cultura que finalmente proyectará su negocio hacia el futuro, pero todavía falta mucho por hacer.

Los ejemplos anteriores representan grandes retos, pero con orgullo podemos decir que también mucho se ha avanzado, por lo mismo es nuestro deber proteger y potenciar iniciativas que hasta hace pocos años no existían. Hoy Chile cuenta con un foco claro y definido respecto a las experiencias donde tenemos ventajas competitivas para generar diferenciación y valor al viajero, siempre desde la perspectiva del turismo sustentable. Además del enoturismo, el turismo aventura y el gastronómico, se deben seguir potenciando intereses como el astroturismo y el turismo indígena. En el primero podemos ser lejos el número 1 si consideramos que debido a nuestra capacidad de observación instalada, el 70% de los descubrimientos futuros sobre el universo van a provenir de nuestros cielos; y el segundo es probablemente la mejor forma de conciliar la pugna histórica que ha existido entre el pueblo mapuche y el estado si es que somos capaces de acercarnos, conocernos y mostrar con orgullo quienes somos.

Llegó el momento de dejar de hablar del potencial del turismo en Chile y entender que ese potencial se hizo realidad aquí y ahora, y hay que saber aprovecharlo y sobre todo cuidarlo.

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